El triunfo de la derecha era –parafraseando a García Márquez-, la historia de una derrota anunciada. De hecho el espíritu y la letra de la Institucionalidad que nos rige, esta concebida como un sistema cerrado de alternancia en el poder, entre los dos grandes bloques como una especie de juego de ping-pong corporativo –naturalmente-, siempre y cuando los protagonistas de este el juego político, se mantenga dentro de los marcos preestablecidos por el modelo de mercado (Constitución inexpugnable, Quorum, Binominal etc.), de manera tal que impida el funcionamiento pleno de la democracia y por ende, la participación de las clases consideradas subalternas, en las decisiones políticas y económicas
El comando capitalista mundial, aprendió que no es suficiente el dominio económico estructural (propiedad de los medios de producción, y apropiación del trabajo excedente) refrendado por una superestructura ideológico- institucional que en su letra da pábulo a la ilusión de que es posible -para la sociedad civil-, desafiar al statu quo. Ese tipo de democracia ingenua que pone en riesgo el sistema en su conjunto, por supuestas “mayorías circunstanciales” ya pertenece a la historia.
Las democracias (neo) liberales modernas, no pueden darse el lujo de permitir esos espacios -que como en Chile -en un pasado reciente- u Honduras por ej.-, les obligue a recurrir a su brazo armado y/o a un sistema judicial ad-hoc, para conjurar las amenazas de los pueblos, que suelen tomarse en serio las rimbombantes declaraciones y establecimientos de igualdad legal teórica y abstracta, que jalonan todas las Constituciones imbuidas del buen espíritu liberal. El calor de esos episodios, hace saltar el maquillaje que bajo el nombre de “de derechos ciudadanos” se han visto forzados a instalar y -con mucho desagrado-, los obliga a demudar en toda su crudeza el verdadero rostro de la coerción, la represión y la violencia que subyace en un sistema intrínsecamente injusto.
En consecuencia con este espíritu, ambas coaliciones en Chile se sienten muy cómodas con esta “democracias de baja intensidad” que garantiza la concentración del poder económico y político otorgada por la Institucionalidad heredada de la dictadura y asegura –según la contingencia-, una larga vida de alternancia en el poder, a cualquiera de las dos ofertas ( mas o menos salvaje o mas o menos demagógica), del modelo de sociedad mercado-céntrica.
Hoy los candidatos deben ser elegidos sacralizados y consagrados por los partidos acreditados dentro del juego corporativo, respaldados por sus respectivas maquinarias y presentados al pueblo -como presente griego- para que éste cumpla el ritual procedimental que los catapulta “legítimamente” a los cenáculos del poder.
No obstante en esta última elección, la versión concertacionista, ya cumplió su rol político de consolidar la Institucionalidad democrático-formal pos-dictadura garantizando la gobernabilidad y la paz social.
Pero hoy la situación de crisis de un neoliberalismo decadente, -que sobrevive solo por el salvataje de los dineros públicos-, considera necesario hacer algunos ajustes de tuerca en la lógica de la ortodoxia del modelo (flexibilidad laboral , Codelco, bajar salarios etc.) y habría sido patético y políticamente impresentable, que los mismos operadores políticos concertacionistas, - que habían estado 20 años esforzándose por presentar una cara progresista-, se transformasen de pronto en agentes del capitalismo salvaje, (no existe tal flexibilidad laboral en esas filas).
Además el desgaste político, la corrupción, la indefensión ideológica infringida al pueblo por el monopolio de los medios, el clientelismo, y un pésimo candidato, entre otras cosas, terminaron pasándole la cuenta a una enmohecida concertación y un segmento mayoritario del pueblo decidió -en segunda vuelta –a falta de una alternativa mejor- votar un gobierno de derecha.
Sin embargo cuando nos preguntamos con una mirada autocrítica, porque este amplio espectro del mundo social que va desde el empresariado -y en general los que acumulan las riquezas de este país-, pasando por las capas medias, empleados, profesionales intelectuales etc., pero también modestos pobladores, feriantes campesinos, guardias, en fin, el abigarradas conjunto de categorías sociales del pueblo chileno, votaron por la derecha; hay que concluir que las falencias no están solo la descomposición “natural” de los 20 años en el poder de la Concertación, ni tampoco en los ríos de dinero que la candidatura de Piñera “invirtió” en la campaña, tampoco en el visto bueno del gobierno Norteamericano que posó su varita mágica en el candidato menos desgastado de derecha. Con toda la gravitación que ciertamente pueden tener este conjunto de elementos, no son suficientes para explicar la derrota de la Concertación,
Algo tuvo que ver también la conducción de la izquierda no tradicional, y su incapacidad por parte de sus distintas micro-organizaciones, para pergeñar una alternativa atractiva y políticamente correcta para los intereses de Chile, que fuese capaz de contestar esa cascada de propaganda millonaria y falsa demagogia.
Y si además los partidos de la izquierda tradicional abandonan el campo de la lucha política popular y -con el pretexto de romper la exclusión- se articulan con pactos políticos y declaraciones de apoyo a los operadores políticos del modelo de mercado, -y con ello de una u otra forma otorgándole un aval pluralista y democrático y abandonando al pueblo al arbitrio de la UDI, partido -como sabemos de vocación facistoide- y que siempre ha soñado con ser un partido popular
Por eso hoy es la hora de comenzar a salir de este “sindrome de de estupefacción”, asumir la cuota de responsabilidad que nos corresponde y comenzar a corregir los errores.
No es pertinente aquí hablar de programas, sino de actitudes frente a la nueva contingencia.
Primero: reconstruir un movimiento de izquierda con carácter re-fundacional que nos permita procesar los cambios operados por el capitalismo mundial y la respuesta incita en la búsqueda de nuevos caminos ya insinuados en algunos países latinoamericanos que han aprendido a escuchar las demandas populares y se han puesto al servicio de ellas superando la dispersión y el protagonismo narcisista.
Segundo: una relación de ruptura/continuidad con la historia, respetando la tradición pero reordenando sus elementos a la luz de la modernidad.
Tercero; bajando a las bases a desbrozar el contrabando ideológico que han logrado difuminar los falsos profetas de la derecha.
Cuarto: entender que las organizaciones tienen que ser democráticas y no jerárquicas pues hoy es el pueblo desde el fondo de su poder constituyente el único capaz de interpelar al sistema y sus líderes deben ser “Primus interpares” de manera tal que puedan confiar y jugarse la vida si fuese necesario por sus demandas de igualdad y justicia social.
Patricio Valenzuela.
Colectivo ESOPO
. STGO. 20. 01.10.





